Por Martín Sperati
La atmósfera de confrontación permanente que dominó los primeros meses del gobierno de Javier Milei pareció disiparse en el Salón Blanco. Lo que se vio ayer no fue un simple recambio de gabinete, sino un giro estratégico radical: la jura de Diego Santilli como nuevo Jefe de Gabinete, rodeado y blindado por un contundente respaldo de 14 gobernadores de diversos signos políticos. No nos equivoquemos, esto no fue una mera cortesía protocolar. Fue una demostración de músculo institucional y territorial puesta al servicio de un gobierno que entendió que con la polarización ya no le alcanzaba.
Mientras observaba la foto de familia de los mandatarios provinciales (con figuras como Martín Llaryora, Alfredo Cornejo, Gustavo Sáenz, Raúl Jalil y Rogelio Frigerio en primera fila) me resultó imposible no pensar en el contraste con la etapa anterior. El gobierno deja atrás la gestión de Manuel Adorni, un vocero cuya nula capacidad para justificar su exponencial aumento patrimonial y su tono confrontativo terminaron por dinamitar los puentes con la prensa y la oposición. El desgaste de esa soberbia intelectual era total.
Milei ha decidido delegar el armado político en Santilli, un dirigente que posee las cualidades exactas que demanda este nuevo tiempo: un tono más bajo, rigurosidad técnica en lo económico, modales educados y, sobre todo, un diálogo fluido con el interior. El dato de la jornada también estuvo marcado por las ausencias justificadas; la falta de Maximiliano Pullaro en la foto no se debió a un desaire político, sino a una cargada agenda de gestión en Santa Fe, vinculada a la infraestructura judicial y reuniones ministeriales claves para su provincia. El resto del arco federal estuvo allí para dar un aval concreto al nuevo esquema.
El ciclo fundacional y disruptivo de la “motosierra” ya cumplió su objetivo de shock. Ahora, en el año y medio que le queda de mandato antes de pensar en una eventual reelección, el desafío es la consolidación. Y para consolidar se necesitan presupuestos, leyes y, fundamentalmente, gobernabilidad territorial.
La decisión de reintegrar el Ministerio del Interior bajo la órbita directa de la Jefatura de Gabinete no es un tecnicismo administrativo. Es la prueba fehaciente de que la relación Nación-Provincias pasa a ser el corazón de la estrategia oficial. Santilli, que ya venía tejiendo estos vínculos de manera subterránea, asume ahora el control total del timón político para negociar bajo una premisa muy clara: qué necesita cada provincia y qué necesita el Ejecutivo para asegurar las reformas estructurales en el Congreso.
El Pro gana una centralidad inédita en esta alianza y Milei puede ganar la capacidad de maniobra que tanto le faltaba. Santilli tiene la experiencia necesaria para tejer consensos sin desdibujar el rumbo liberal del gobierno. Se terminó la etapa de romper; ha comenzado, por fin, la etapa de hacer política.
