Por Martín Sperati
Hoy en la Argentina el crédito bancario se ha convertido en un privilegio de pocos y en una trampa para la mayoría. Miremos un dato concreto: el ICBC está ofreciendo una Tasa Nominal Anual del 90 % para acceder a un préstamo. Mientras tanto, las proyecciones de inflación anual rondan el 30-35 %, y las expectativas de los próximos doce meses se ubican incluso más abajo, cerca del 21 %.
Cuando la tasa que cobra el banco multiplica por dos o por tres la inflación esperada, el sistema financiero deja de cumplir su función básica: canalizar el ahorro hacia la inversión y el consumo productivo. Se transforma en un mecanismo de extracción. Las familias que necesitan un crédito personal para reordenar sus finanzas, comprar un electrodoméstico o enfrentar una emergencia terminan pagando un costo financiero efectivo que puede superar el 100 %. Las empresas, sobre todo las pymes, encuentran cada vez más difícil refinanciar deudas o apalancar capital de trabajo a costos razonables.
El resultado es previsible y peligroso: se vuelve casi imposible desendeudar. Quien ya está endeudado no puede salir porque la cuota se come una porción absurda de su ingreso. Quien no está endeudado prefiere no meterse. El crédito se contrae, la actividad se enfría y la mora, en lugar de bajar, se mantiene elevada. Es un círculo vicioso que el propio sistema genera.
Los bancos dirán que el riesgo país, la incertidumbre o el costo de fondeo justifican estos spreads. Pero cuando la tasa pasiva (lo que pagan por los plazos fijos) está en el entorno del 18-20 % y la activa salta al 60, 70 u 90 %, el margen es excesivo. No es prudencia: es abuso de posición dominante en un mercado todavía concentrado y con poca competencia real.
Un sistema financiero sano no puede funcionar con tasas reales tan positivas y tan alejadas de la inflación. Si queremos que las familias y las empresas empiecen a salir de las deudas, que vuelva el crédito productivo y que la economía crezca de forma sostenible, estas tasas tienen que bajar. Y bajar de verdad, no con anuncios cosméticos.
Mientras tanto, el mensaje es claro: el crédito caro no es solo un problema de números. Es un freno al desarrollo y una condena silenciosa para quienes más lo necesitan.
