Por Martín Sperati
Ayer la justicia argentina dictó un fallo que, sinceramente, genera una profunda indignación: se archivó de forma definitiva la causa por el préstamo más grande de la historia del Fondo Monetario Internacional. Hablamos de una línea de crédito colosal aprobada durante la gestión de Cambiemos, de la cual se terminó desembolsando una suma astronómica. Con esta resolución, figuras clave como Mauricio Macri, Luis Caputo, Federico Sturzenegger y Nicolás Dujovne quedaron completamente desvinculados. El argumento judicial es que “no hay hipótesis delictiva concreta”, que se trató de una “decisión política” y que estar en desacuerdo con un modelo económico no constituye un delito. Sin embargo, el cierre formal de este expediente nos deja a todos los argentinos con una pregunta legitima flotando en el aire: ¿dónde está el dinero?
Para entender la gravedad de la situación, hay que recordar que el estatuto del propio FMI, específicamente en su artículo de regulaciones sobre capitales, prohíbe que sus recursos se utilicen para financiar la salida de fondos. El mismo organismo reconoció tiempo después que el programa fue un fracaso absoluto: no frenó la inflación, no estabilizó la economía y la fuga de dólares continuó. Según datos oficiales del propio Ministerio de Hacienda de aquella era, la gran mayoría de lo desembolsado se usó para cancelar deuda en moneda extranjera y letras. El propio expresidente Macri admitió en su momento que usó la plata para pagarle a los bancos comerciales que querían irse por temor al regreso del kirchnerismo. Esto evidencia que los fondos no se tradujeron en escuelas, hospitales, rutas o infraestructura real; se destinaron a sostener la salida de divisas y a refinanciar deudas previas tomadas a tasas altísimas.
Endeudarse no es necesariamente malo si los recursos generan una rueda virtuosa de producción o mejoras estructurales para la sociedad. El problema es cuando te endeudás para “patinarte” la plata. Es como si en tu casa sacaras un crédito para arreglar el techo que se viene abajo, pero decidieras usarlo para irte de viaje con tu familia. La deuda queda ahí, hay que pagarla con intereses y todo lo que produzcas a partir de ese momento se va a ir en cumplir con esa obligación, recortando tus márgenes para el presente y el futuro. Eso es exactamente lo que nos pasa hoy como país. Una deuda sideral que arrastramos nosotros, que van a pagar nuestros hijos y nuestros nietos a fuerza de inflación, ajustes y menos presupuesto para lo que verdaderamente importa.
En este escenario, es imposible no poner la lupa sobre la actitud del actual Gobierno nacional. Cabe recordar que Javier Milei llegó al poder gracias al respaldo político y los votos de Patricia Bullrich y Mauricio Macri. Quizás por eso, y de manera sumamente llamativa, el Estado bajo la gestión de Milei decidió retirarse como querellante de la causa y dejó de aportar información. Resulta contradictorio para alguien que, antes de asumir su banca legislativa, despotricaba públicamente exigiendo saber cuál había sido el destino de los fondos del FMI. ¿Qué negoció el presidente para tomar esta postura? Hoy vemos al mismo Luis Caputo comandando la economía argentina y dando cátedra como si nada hubiera pasado, mientras Sturzenegger se erige como el impulsor de la desregulación. ¿Qué hicieron con el dinero de todos nosotros?
El cierre penal de esta causa deja un sabor amargo y la preocupante sensación de que las decisiones financieras más ruinosas se manejan con total liviandad. Es como si los funcionarios se manejaran bajo la premisa de probar un programa económico y, si sale mal, que lo pague el que viene. La justicia penal decidió esquivar la madre de todas las preguntas y, al hacerlo, no hizo más que consolidar un mensaje alarmante. Nos demuestra, una vez más, que en la República Argentina los platos rotos siempre los paga la gente de a pie y que, para los responsables del poder, acá nunca pasa nada.
