Por Martín Sperati
Veníamos mal, eso nadie lo discute. Si hablamos con absoluta honestidad, arrastrábamos años de inflación descontrolada, salarios que no alcanzaban, un Estado hipertrofiado y una economía invivible que castigaba al trabajo y premiaba la especulación. Vivíamos en un escenario de desorden total, con tasas de interés volando y decenas de tipos de cambio. Había que corregir las variables y ordenar los desequilibrios macroeconómicos, es cierto. Pero lo que vino después no fue un reordenamiento; fue un desorden aún más profundo en la vida cotidiana de la gente y de las empresas.
Las políticas del gobierno de Javier Milei terminaron de desarmar lo poco que quedaba en pie. El brutal ajuste, el retiro abrupto de los subsidios, la licuación de los ingresos reales y el encarecimiento de los servicios esenciales empujaron a las familias y a las pymes a una trampa de deuda de la que cada vez es más difícil salir. Lo que vemos en la calle contrasta drásticamente con el relato oficial. Ayer el presidente describió un país próspero que va en marcha, un país que parece proyectar solo en su cabeza, porque en la realidad fáctica sucede casi lo opuesto.
Es verdad que festejan el superávit fiscal y una balanza comercial positiva. El Banco Central compra dólares, pero lo hace con una divisa ficticia, planchada e intervenida. Mientras tanto, la microeconomía no arranca. Estamos ante una economía de dos velocidades: sectores como la energía, la minería y ciertos sectores del campo vuelan, pero la economía real está profundamente tensionada
El gobierno se desentiende repitiendo que este “es un problema entre privados” . Pero no es así, porque las reglas de juego y la matriz comercial las genera el Estado. Los privados no decidieron abrir las importaciones de forma deliberada, ni retener los recursos federales dejando las rutas de todos nosotros abandonadas. Es una pregunta legítima que le hago al señor presidente: ¿Dónde queda la responsabilidad de su gestión?.
Un drama que destruye la salud mental
Más allá de los números fríos, el verdadero drama es humano y ya tiene carácter de crisis sanitaria y de salud mental. El endeudamiento crónico, la angustia de no llegar a fin de mes, la vergüenza de no poder pagar y la terrible sensación de que el futuro se cerró provocaron un colapso emocional colectivo. Pregúntenle a cualquier amigo o familiar que tenga una pyme si duerme de noche, sabiendo que mañana le pueden rebotar los cheques o que la Arca está a punto de embargarle la cuenta porque el Estado, en vez de darle condiciones, le pisa la cabeza.
Cuando la morosidad deja de ser un caso aislado y pasa a ser del 12% y del 30%, el problema es sistémico. En 2025 los suicidios alcanzaron una cifra récord de más de 5,200 casos, lo que representa un aumento superior al 20% respecto al año anterior. Es un guarismo alarmante que la propia doctora Branisich expuso con preocupación en la Legislatura santafesina. Las consultas por ansiedad, depresión e intentos de autolesión se multiplicaron en hospitales públicos desbordados, justo cuando el presupuesto destinado al área de salud mental sufrió un recorte drástico.
El malestar psicológico de nuestra población no es una debilidad individual; es la consecuencia directa de un modelo económico que priorizó el equilibrio de las cuentas públicas por encima del equilibrio emocional y físico de las personas. Ante el dolor de la sociedad, el Estado decide retirarse porque tenemos un presidente que declara odiar al Estado.
La salud mental de un pueblo no se cuida con indiferencia ni con la gastada frase de que los conflictos financieros son “problemas entre privados”. Se cuida con políticas públicas que no empujen a los ciudadanos al abismo económico. Por más que los medios oficiales intenten imponer un relato de prosperidad abstracta, lo que pasa en la calle no es ninguna ficción. El nivel de endeudamiento y el deterioro psíquico de los argentinos son la muestra más fidedigna del impacto real de estas medidas. Y déjeme decirle, presidente: ese espejo, ese espejo no miente.
