Por Cristián Riom
El 24 de marzo de 1999, en pleno vuelo sobre el Atlántico, Yevgeny Primakov tomó una decisión que trascendería lo diplomático para convertirse en símbolo. A bordo de un avión rumbo a Estados Unidos, el entonces primer ministro ruso fue informado de que la OTAN había iniciado bombardeos sobre Yugoslavia sin autorización del Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas. Su respuesta fue tajante: ordenó regresar a Moscú.
Aquel episodio (conocido en EEUU como el “Primakov’s Loop”, “La vuelta de Primakov”) no fue un gesto aislado. Fue la manifestación práctica de una concepción estratégica que Primakov venía elaborando desde su llegada al Ministerio de Relaciones Exteriores en 1996: la necesidad de poner fin a la ilusión de un mundo unipolar dominado por una sola potencia.
Tras la disolución de la Unión Soviética, el gobierno de Boris Yeltsin apostó por una integración con Occidente basada en la expectativa de reconocimiento como socio igualitario. Sin embargo, la expansión de la OTAN hacia Europa del Este y la exclusión de Rusia de decisiones clave evidenciaron los límites de esa estrategia.
Primakov formuló entonces un diagnóstico claro: el orden emergente no era inclusivo, sino jerárquico. Frente a ello, propuso una alternativa basada en el equilibrio entre múltiples centros de poder. Así comenzó a tomar forma el concepto de multipolarismo, entendido no como confrontación ideológica, sino como mecanismo de estabilidad internacional.
El enfoque de Primakov se estructuró en una serie de principios que redefinieron la política exterior rusa: la afirmación de autonomía frente a Washington, el rechazo a la hegemonía unipolar, la defensa de una esfera de influencia en el espacio postsoviético, la oposición a la expansión de la OTAN y la construcción de alianzas estratégicas con otras potencias. En este marco, impulsó el acercamiento entre Rusia, China e India, imaginando un “triángulo estratégico” capaz de equilibrar el poder global. Aunque en ese momento la iniciativa tenía limitaciones, anticipó dinámicas que décadas más tarde se consolidarían en foros como los BRICS.
Lejos de permanecer en el plano teórico, el multipolarismo fue incorporado en los documentos oficiales de la diplomacia rusa, convirtiéndose en una guía concreta de acción. Primakov no solo conceptualizó una idea: la institucionalizó.
La salida de Primakov del poder en 1999 no significó el fin de su influencia. Por el contrario, su pensamiento encontró continuidad en la política exterior desarrollada bajo Vladimir Putin, quien consolidó varios de sus postulados como ejes centrales del accionar internacional ruso.
Las relaciones estratégicas con China, la proyección de Rusia en el espacio postsoviético y la insistencia en limitar la influencia occidental responden, en gran medida, a esa matriz doctrinal. En este contexto, el multipolarismo dejó de ser una propuesta alternativa para convertirse en una narrativa dominante en amplios sectores del sistema internacional.
España y la aceptación explícita del mundo multipolar
En este escenario de transición, la posición de España bajo el gobierno de Pedro Sánchez resulta particularmente ilustrativa. Durante su visita oficial a China en abril de 2026, Sánchez no solo defendió el multilateralismo, sino que asumió explícitamente la multipolaridad como un dato estructural del presente. “La multipolaridad no es una hipótesis… es ya una realidad”, afirmó, subrayando que España “elige abrazarla”.
En sus intervenciones, el líder español insistió en que este nuevo orden solo puede sostenerse sobre bases cooperativas: mayor equilibrio en las relaciones económicas, fortalecimiento del sistema multilateral y corresponsabilidad de las grandes potencias en la provisión de bienes públicos globales. En la misma línea, durante su encuentro con el presidente chino, ambos dirigentes coincidieron en la necesidad de evitar una deriva hacia la “ley de la selva” en las relaciones internacionales y de reforzar un orden basado en normas y cooperación.
Estas declaraciones reflejan un desplazamiento significativo: la idea de multipolarismo, concebida por Primakov como respuesta contrahegemónica en los años noventa, es hoy asumida (aunque con matices) incluso por actores europeos tradicionalmente alineados con Occidente.
Una idea que se volvió realidad
Hoy, el concepto de multipolarismo trasciende a Rusia. Desde Brasil hasta Asia y África, la idea de un orden internacional con múltiples centros de poder ha ganado legitimidad. Incluso en Europa, como muestra el caso español, comienza a ser formulada en términos explícitos. La desconfianza entre Europa occidental y Estados Unidos producto del conflicto en Ucrania, en Medio Oriente y la agresiva política comercial de Trump, era impensable en tiempos cercanos, hoy es una realidad y anima a los dirigentes europeos a volcarse a la idea de un mundo multipolar.
El legado de Primakov, sin embargo, sigue siendo objeto de debate. Para algunos, fue el estratega que devolvió a Rusia un rol relevante en el mundo; para otros, el impulsor de una lógica de competencia entre potencias que alimenta las tensiones actuales. Lo indiscutible es su impacto, Primakov no solo interpretó su tiempo: anticipó una transformación estructural del sistema internacional. Aquel giro en el Atlántico no fue un acto aislado, sino la síntesis de una visión. Una visión que, décadas después, continúa moldeando la forma en que el mundo se organiza y se piensa a sí mismo.
